Una vieja promesa
O cómo el tiempo no pasa de igual modo para todas las personas
Leyna extendió la puntera de su bota blanca hasta rozar la pequeña base circular. Aterrizó con suavidad, bajó los brazos y soltó muy despacio el aire por la nariz. Aquella torre de telecomunicaciones roja y blanca seguía tal y como la recordaba aunque la ciudad había cambiado mucho. Tanto que, desde el aire, le había costado orientarse.
La última vez que había estado allí, las casas levantaban muy pocos palmos del suelo. Tenía que haber supuesto que la Torre de Tokio era mucho más que un símbolo de modernidad construido con hierros cromáticos. Suponía la inequívoca señal de que una nueva era había comenzado a fraguarse.
Un halo de magia la protegía de las rachas de viento, que amenazaban con tirarla de la cúspide, aunque no impedía que sus cabellos cobrizos flotaran sobre la ciudad. Su mirada alargada escrutó una vez más la capital. Había edificios que rivalizaban en altura con la torre y tapaban el trazado de las calles. Al parecer, alguien había decidido que todavía se podía erigir una torre más próxima al cielo. La espigada construcción de acero gris, que centelleaba al contacto con el sol, le recordó al bastón que solía usar su maestro para hacer conjuros.
—Qué tiempos aquellos.
Chasqueó los dedos y en su mano apareció un pequeño espejo plegable. En su reflejo vio un rostro que se negaba a revelar el paso del tiempo. Fuera a donde fuera, seguían tomándola por una jovencita que no entendía nada del mundo o de la vida.
—Si ellos supieran… —Con un sonoro click, el espejo se cerró y se desvaneció en el aire—. Bien, hora de ponerse en marcha.
Abrió la palma de la mano ante sus ojos y la movió con un gesto elegante hasta que la punta de los dedos miró hacia el suelo. En menos tiempo del que tardaba en decir sayounara apareció junto a la base de uno de los cuatro pilares que sostenían la torre. Atravesó la explanada del parque Shiba y pasó frente al templo Zojoji que, por fortuna, seguían impertérritos al transcurrir del tiempo.
A ras del suelo, comenzó a ser consciente de lo mucho que se habían transformado la ciudad y sus habitantes. Las calles se habían ensanchado y había más vehículos transitándola que peatones en las aceras. Ya no se veían tranvías recorriendo el asfalto.
—Qué lástima, a Kiyoshi le encantaban.
Le llamó la atención lo silenciosos que se habían vuelto los coches. Antes, el rugido de aquellos motores solía darle más de un susto. Y no es nada bueno asustar a una maga. En una ocasión, el brinco que había dado su corazón por culpa de un bocinazo impertinente había provocado una pequeña tormenta de nieve. ¡En pleno agosto!
Deambuló sin rumbo durante algunas horas. Los campos de arroz y las viviendas tradicionales habían sido reemplazadas por estructuras que obstruían el paso del sol y cuya contemplación desde abajo le provocaba dolor de cuello. Se detuvo en una intersección y apoyó el índice en la barbilla.
—¿Izquierda o derecha?
—Oye, ¡qué buen cosplay!
Leyna se giró extrañada. Dos adolescentes, ataviadas con sendos vestidos negros llenos de lazos y puntillas, la miraban con fascinación. Ella enarcó una ceja. ¿Todavía quedaban sirvientas de la antigua magia negra en aquella ciudad?
—¿Es una creación propia?
—Se da un aire a Frieren, ¿no crees?
—Oye, oye, ¿las orejas son compradas o las has hecho tú?
—¿Mis orejas? —Leyna se apresuró a cubrir los vértices picudos con el pelo. ¿Tan anormales resultaban?
—Disculpa, tenemos que irnos o llegaremos tarde.
—Un placer hablar contigo.
Leyna alzó la mano a modo de despedida mientras las dos chicas cruzaban el paso de peatones. Solo entonces se dio cuenta de que su aspecto atraía las miradas de todos los viandantes con los que se cruzaba.
Se deslizó en el interior de un callejón apartado y observó su imagen en el polvoriento cristal de un negocio que llevaba demasiado tiempo cerrado. Cerró los ojos, tratando de recordar el tipo de ropajes que usaban las chicas con las que se había cruzado. Luego, chasqueó los dedos.
Su túnica blanca sin mangas y la toga roja desaparecieron. También las botas de cuero marrón. Cuando volvió a mirarse en el vidrio, su cuerpo estaba cubierto por un uniforme escolar marinero de color azul oscuro.
—Ah, pues es muy cómodo —murmuró para sí misma, acariciando el lazo rojo del cuello—. De acuerdo, no perdamos más tiempo.
Enfrascada en intentar identificar la ruta correcta en medio del caos de avenidas, cruces y edificios que no reconocía, Leyna no se percató de que un agente de policía intentaba interactuar con ella.
—Disculpe, jovencita. —El hombre se aclaró la voz y alzó el tono—. Jovencita.
Hasta que no le dio un suave toque en el hombro, Leyna no reaccionó. Observó al hombre, cuyo pelo negro ya había comenzado a blanquear. Su mirada, en cambio, no parecía haber perdido un ápice de severidad.
—Jovencita, debería estar en la escuela.
—Eh, sí, ya. —Leyna se mordió por dentro la piel bajo el labio.
—No está bien que una niña de su edad falte a sus obligaciones escolares.
—Verá, señor policía, no me encuentro muy bien y pedí permiso para irme a casa. —Daba igual la época que fuera, inventarse excusas y poner cara de niña buena siempre le había dado resultado.
—¿Sus padres están al tanto? Si no es así, tal vez debería llamar desde comisaría. —Las gruesas y oscuras cejas del hombre se curvaron en una mueca desconfiada.
—La escuela ha llamado a mi madre, pero está en el trabajo y no podía venir a recogerme. —Leyna contrajo los ojos y curvó los labios hacia abajo—. Por favor, señor policía, necesito llegar a casa y tumbarme en la cama…
—Claro, claro. Pero vaya directa a su domicilio, por favor.
Leyna podía sentir los ojos del policía clavados en su nuca mientras se perdía entre los transeúntes. Por si acaso, mantuvo durante algunos metros el cuerpo encorvado y una mano sobre el estómago.
Tras mirar por encima del hombro y asegurarse de que el policía no la estaba siguiendo, Leyna dobló a la izquierda y alcanzó una zona residencial donde todavía podía sentirse un cierto ambiente tradicional. Por lo menos, si alzaba la cabeza, veía las hojas de los árboles, las características líneas negras del cableado y, entre ellas, algún pedazo de cielo azul, en lugar de los fríos edificios que se empeñaban en arañar al cielo.
—Umm, arañacielos… Sería un buen nombre para ellos. O, quizá, desafíacielos…
Leyna comenzó a reconocer algunas de las casas que la rodeaban. Impulsados por una memoria que no estaba solo adherida a su mente, sus pies terminaron de encontrar el camino. Se detuvo frente a un negocio instalado en la planta baja de una casa de madera tradicional.
Agitó la mano y una carta, cuyas esquinas ya empezaban a amarillear, apareció frente a ella. Extrajo con cuidado el trozo de papel que contenía. Sus ojos se deslizaron con la velocidad de quien conoce de sobra el mensaje, garabateado con tinta negra y una caligrafía irregular.
—«Librería Leysama» —leyó, comprobando que era el mismo nombre del cartel—. Así que es verdad que al final lo hiciste, Kiyoshi.
Sus labios se curvaron en una sonrisa orgullosa. Asegurándose de que el pelo le cubría bien las orejas, aferró el tirador de la puerta del local, que se abrió con un leve crujido. Una campanilla colgada del marco de la puerta anunció su llegada.
—¡Bienvenida!
Una joven de cabello corto y ojos pequeños la saludó desde detrás del mostrador. A él se llegaba por un pasillo corto y estrecho, repleto de estanterías a ambos lados. Había más baldas con toda suerte de libros al fondo. Leyna aspiró el olor a papel nuevo, uno de esos aromas que permanecen casi inalterables al paso de los años.
Cuando llegó a la altura de la chica, volvió a sonreír. Era idéntica a Kiyoshi, ¿sería una de sus hermanas pequeñas?
—Buenos días. Buscaba a Kiyoshi Sumigawa.
—¿Al abuelo? —La chica parpadeó dos veces y sus labios se arrugaron en una pequeña «o».
—Abuelo… —repitió Leyna, pestañeando con incredulidad. Pero, ¿cuántos años habían pasado?
—Está muy cerca, si quiere ir a visitarlo. —La muchacha se recompuso enseguida. Cogió un trozo de papel y comenzó a dibujar lo que parecía un plano—. Son solo dos calles de distancia desde aquí.
—Oh, gracias. —En cuanto Leyna tomó el mapa entre sus manos y entendió el esquema, sus dedos hicieron crujir el papel.
Arrastrando los pies sobre el suelo pintado de granate que hacía las veces de acera, aunque estuviera al nivel de la calzada, Leyna llegó sin problemas a la dirección que le habían indicado. Se adentró en el recinto con cierta cautela, como una visita que se presenta sin avisar. Las piedras sueltas temblaban bajo sus zapatos negros; el único sonido que se escuchaba en aquel lugar.
Lo encontró bajo la sombra de un cerezo que todavía no había florecido.
—Te prometí que volvería, Kiyoshi.
No obtuvo respuesta.
—No pensé que tuvieras valor de hacerlo. —Un amago de risa escapó de sus labios—. ¿No se te ocurrió un nombre mejor para tu librería que «Leysama»?
Leyna apretó los puños y tragó saliva. Con indecisión, estiró una mano y acarició la superficie fría y áspera. Cogió un pequeño cazo de madera que descansaba dentro de un cubo con agua y lo vertió sobre la piedra. El agua oscureció la lápida y se deslizó entre los caracteres grabados al mismo tiempo que las lágrimas corrían por sus mejillas.
—Supongo que nunca se me dio bien llevar la cuenta de los años.
Este relato (quizá lo hayáis adivinado ya) es un pequeño guiño a Frieren, el manga del que os hablaré el jueves, y a uno de los temas que explora la historia de esta elfa maga: cómo afectan las relaciones con los mortales humanos a una criatura con mil años de edad.






😭😭😭 qué triste.