¿Quién soy?
O como a veces fingimos ser lo que otros esperan de nosotros para poder encajar
Hace tiempo que camino por el mundo como si fuera un tren de la línea Yamanote. Giro y giro, sin saber si me detendré por completo en algún momento. El mismo recorrido, las mismas estaciones.
Doy vueltas sin que exista un principio.
O un final.
Me miro en el espejo, y sé lo que veo.
La imagen del hijo perfecto; un adolescente responsable, que ayuda en las tareas de casa con una sonrisa, que no causa preocupaciones a sus padres. Alguien de quien pueden presumir con la cabeza bien alta.
La del estudiante modélico; un alumno sobresaliente y ordenado, un compañero en quien todos confían si necesitan ayuda.
La del chico popular; un joven que no necesita esforzarse para caer bien o llamar la atención de las chicas, alguien que siempre está rodeado de gente.
Lo que veo en el espejo es lo que he visto siempre. Es quien soy. Lo que soy.
Y, a pesar de todo, una voz en mi interior me susurra pensamientos incómodos de vez en cuando.
¿Estás seguro de que sabes quién eres?
Me ajusto la corbata del uniforme, cierro los botones de la americana azul marino y estiro las solapas del cuello. Y la voz parece apagarse.
Cuando paso junto a la puerta de la cocina, el olor a sopa de miso todavía flota sobre la mesa en la que hemos tomado el desayuno. Queda un ligero eco del crujir del periódico mientras mi padre pasaba las hojas; es un hombre de pocas palabras al amanecer. Del tono dulce de mi madre, que usa las mañanas para constatar que sigo avanzando por el buen camino.
—Hoy terminas los exámenes finales, ¿verdad?
—Sí. Daré lo mejor de mí.
—Muy bien. Esfuérzate al máximo, como siempre.
El aroma del desayuno y sus sonidos se desvanecen, y solo queda una estancia. Vacía, pero impecable.
El sol apenas tibio de comienzos de febrero me saluda al pisar la calle. Camino con un ritmo ágil, con la mirada al frente. Tomo el tren, esa línea que tanto me recuerda a mí mismo, y me bajo en la tercera parada.
Apenas veo estudiantes en la ruta hacia el instituto. Tampoco en el recibidor. Mientras dejo los zapatos en el casillero y me calzo las zapatillas de lona me acorrala un silencio tenso. Las paredes del edificio saben que estamos en época de exámenes.
El aula está desierta. Ocupo mi pupitre, en la segunda fila, y saco de la mochila el cuaderno de inglés. Repaso algunos de los conceptos que entrarán en el examen. ¿O solo simulo hacerlo? Volveré a sacar un cien y mi nombre estará en lo más alto de las listas de clase.
Otra vez.
Inspiro despacio.
—Buenos días, Wakamatsu.
—Buenos días, Sakamoto.
Mi vecino de pupitre arroja la mochila contra el asiento y se apoya sobre el borde de la mesa para charlar. Somos amigos, o algo así, desde primero pero todavía nos llamamos por el apellido.
—Ya falta poco para los exámenes de ingreso —suspira él—. Y enseguida nos graduaremos.
—Sí, ha pasado muy rápido.
—Vendrás a celebrarlo con la clase, ¿verdad? Las chicas quieren reservar una de las salas grandes en el karaoke del centro.
—Claro, intentaré pasarme.
Es mentira, pero no quiero sonar borde. La única actividad que he hecho con mis compañeros lejos del centro escolar fue la excursión a Kioto en otoño.
—Como sigas estudiando tanto, llegarás a Primer Ministro.
Cruza los brazos sobre el pecho, pero en su cara no hay reproches. Yo también me río con su ocurrencia. El aula se va llenando y enseguida se nos acercan las chicas. La conversación fluye, todos parecen sentirse cómodos. Incluso yo.
Se me da bien representar mi papel.
En el camino de regreso a casa, me detengo en una librería cercana a la estación. Escojo el manga que me han recomendado las chicas y me lo llevo. La ilustración es bonita. La autora pone gran cuidado al dibujar las miradas de los personajes. Tanto que sus ojos parecen brillar.
Empiezo a leerlo en el tren; así tendré un tema de conversación para mañana.
Parece una típica historia de amor juvenil, aunque enseguida despiertan otras emociones: la amistad, la soledad, el rechazo de los demás. Una frase se queda remoloneando en mi cabeza durante un rato:
Si actúo como me gustaría ser es posible que, con el tiempo, este comportamiento sea propio de mí y pueda convertirme en la persona que realmente quiero ser.
Yo también pensé una vez algo parecido. Solo que no me esforcé para ser quien quería ser.
Sino quien debía ser.
El manga que está leyendo nuestro protagonista es Ao Haru Ride, de Io Sakisaka. Os hablaré de él este jueves.
Algo me dice que este chico no se ha pasado por aquí por mera casualidad, para explorar la cuestión de las identidades personales en la adolescencia y cómo el entorno nos hace pensar que ocultar quiénes somos es el único modo de no sentirnos aislados.
Tal vez sea el inicio de algo más… 🙃





Vengo de leer el artículo sobre Ao Haru Ride. Qué guay cómo has traspolado la esencia del manga a una ficción propia. Una lectura amena y que resuena bastante (🥲).