Mi rincón favorito
O como una mesa de madera y una silla, con vistas a la montaña, me hacen viajar a Japón
Me había pasado todo el verano quejándome de la mesa de la cocina. No es que me disguste; al contrario, desde que llegó a la casa del pueblo me parecía un rincón muy acogedor. Los dos bancos de madera, hechos a mano y pintados de color azul cielo, que hacían esquina en el pequeño espacio destinado al comedor; los cojines forrados con tela de inspiración marinera, aunque estemos en la montaña; el tablero de pino protegido solo con un plástico transparente para no ocultar sus vetas claras.
Está muy bien para sentarse a la hora de la comida.
Para escribir, en cambio, me resultaba un tanto inconveniente. Si me colocaba en el lateral que da la espalda a la cocina, en una de las sillas que hacen juego con la mesa, el ordenador me quedaba demasiado alto. Al mantener los codos apoyados sobre el vértice del tablero durante horas aparecían surcos rojizos y tirantes en la piel que tardaban un tiempo en recuperar su forma anterior. Además, la luz del atardecer filtrándose directamente por la ventana, la única de la casa que siempre tiene las cortinas apartadas, daba de lleno en la pantalla y me costaba ver lo que tecleaba.
Si escogía sentarme en uno de los bancos, solventaba la cuestión de la altura y mis brazos no sufrían. Entonces eran las piernas las que lo pasaban mal. Los centímetros que ganaba gracias al grosor del cojín dejaban mis muslos muy cerca del reborde de la mesa. Al cabo de unos minutos, notaba la presión por encima de las rodillas y se me empezaban a dormir las piernas.
Me quejé bastante durante aquellos dos meses que convertí la mesa del comedor en mi rincón de escritura, dibujando estrategias navales en notas de papel blanco, haciendo sufrir a mis personajes destinos crueles solo porque en aquel mundo de fantasía que estaba creando la vida no era justa, ni los buenos ganaban siempre.
Recuerdo que me compré un pequeño tablero acolchado para usar como base del ordenador cuando salía a la terraza o me sentaba en la mecedora, pero tampoco allí acababa de encontrarme a gusto a la hora de escribir.
Me imaginaba comprando un escritorio para colocar en el primer piso, al lado de la ventana que da a la parte delantera de la casa. No necesitaba nada muy sofisticado. Una mesa y una silla, tal vez una lamparilla pequeña para cuando comenzara a oscurecer. Sin embargo, sabía que aquello estaría abajo del todo en la lista de prioridades para amueblar aquella casita de pueblo. Todavía faltaba una habitación, que se había convertido provisionalmente en la sala de los tratos; el garaje, que crecía a una velocidad de cinco o seis bloques de hormigón por día, si el tiempo acompañaba.
Cuando acabó el verano y pasamos a visitar el pueblo un par de días sueltos aquí y allá, cuando había tiempo, dejé de pasar tantas horas sentada frente al ordenador en la mesa del comedor, así que las quejas también disminuyeron. Cuando llegó el frío, volvieron con timidez. En esa ocasión porque al ser el rincón más alejado de la chimenea era también el último de la casa en caldearse. Y el frío allí enseguida aprieta.
Pero la semilla ya estaba plantada.
En el mes de diciembre, cuando el camino de la escritura se había abierto ante mí con una nueva perspectiva y, lo más importante, una dirección clara, comencé a adentrarme en el mundo de la literatura japonesa. Y llegó a mis manos Los secretos de la papelería Shihodo. Recuerdo leer a Kenji Ueda describiendo el rincón del primer piso, con un escritorio de madera donde los clientes podían sentarse a escribir cartas en una atmósfera recogida y que invitaba a la reflexión, e imaginar que yo también tenía un espacio igual en la casita del pueblo.
Y así llegó la mañana del 6 de enero. En mi carta a los Reyes Magos de ese año no había grandes peticiones, solo libros sobre Japón y mangas que alimentaran mi futura página web de reseñas y mis conocimientos sobre el mundo nipón. Pero intuía que mis padres habían maquinado algo grande. Llámalo sexto sentido, intuición femenina o imaginación desbordante, el caso es que mi cabeza sabía lo que iba a encontrar cuando bajara al salón.
También puede ser que escucharlos a los dos la noche anterior, sufriendo para arrastrar desde la habitación algo que parecía pesar como un muerto, me diera la pista definitiva.
Quizá les causó una pequeña decepción ver que mi cara de sopresa no era tan sincera como habían esperado. Es lo que tiene ser escritora, me imagino todos los escenarios posibles y no escatimo en recursos para ello, así que a veces es difícil sorprenderme.
Saber lo que contenía aquella caja de cartón de gran volumen, sin embargo, no disminuyó mi ilusión. Mientras montábamos el escritorio y la silla, me sentía otra vez como una niña de cinco años construyendo el castillo de Pin y Pon mientras mi madre ponía pegatinas y armaba las flores.
Lo había conseguido y era mucho mejor que en mis ensoñaciones. Una mesa larga y bonita, con un cajón espacioso, dos espacios para colocar libros y una repisa que llenar con objetos que me había traído de mis viajes a Japón. Una lámpara verde de la que llevaba enamorada desde que las había visto en El Internado y que parecían ser la última moda en decoración de bibliotecas porque las observaba a menudo en series y películas. Y una de esas sillas de despacho con respaldo alto y acolchado mullido en las que podrías quedarte dormido con suma facilidad.
Desde aquel 6 de enero, el escritorio del piso de arriba en la casa del pueblo (esa sería la dirección exacta a la que me llegaría la carta de Hogwarts) se convirtió en mi rincón preferido. El lugar donde nació mi página web, con un blog que titulé Japón a través de la literatura, y esta newsletter, que lleva por título Palabras hacia Japón.
Porque ese escritorio es Japón, aunque esté en un pueblo de la montaña leonesa que estas navidades se hizo famoso por culpa de la lotería (a nosotros no nos tocó y, visto lo visto, casi que mejor). En ese escritorio grabo casi todos los reels que comparto en Instagram, tengo todos los libros y novelas sobre Japón que he ido recopilando en estos meses, los mangas y las libretas donde apunto proyectos y los pensamientos que me deja lo que voy leyendo; la pequeña daruma azul, que solo tiene un ojo pintado porque todavía no he cumplido el objetivo que le susurré al oído, y un llavero amigurumi de geisha que me hizo mi prima.
Es un sitio cálido y confortable, que en invierno enseguida cogía temperatura y en primavera se llenaba de la anaranjada luz del atardecer que entraba por la ventana. Y, aunque no puedo estar todos los días allí, eso hace que cada visita sea más especial. Tal vez por eso, cuando me puedo sentar allí a escribir, suelo ser más productiva. Para aprovechar el tiempo y disfrutar de uno de los mejores regalos que se le puede hacer a alguien que sueña con recorrer hasta el final el camino de la escritura.







Qué especial es encontrar ese espacio propio ❤️
Me acabo de imaginar en tu escritorio.
No sabes cómo desearía tener esa vista y sentir ese clima. Yo vivo en una ciudad costera donde es imposible vivir sin aire acondicionado porque el calor es inclemente y me pone de muy mal humor, pero a veces pongo el aire en 16, me preparo un chocolate caliente y me imagino dibujando en una hermosa cabaña y viendo la nieve caer por la ventana.