El fin de la primavera
O como algunas flores solo muestran su belleza cuando termina la estación
La melodía de los juegos infantiles vibraba en el aire puro de Karuizawa. En aquel parque, rodeado de árboles y montañas pese a estar en un lugar céntrico del pueblo, apenas se oía el rugido de los coches. Allí la vida cotidiana se manifestaba con otros sonidos: el rumor del agua del estanque, el susurro de las hojas cuando el viento arreciaba, el canto de los pájaros y las risas de los niños.
Sentado en un banco frente a los columpios, Ōsuke escuchaba un chirrido triste. Una niña se balanceaba sin fuerza, con el rostro inclinado hacia el suelo de hierba. Cuando alguien de su edad se acercaba, levantaba por un segundo la cabeza, pero no decía nada. El resto de los niños pasaban a su lado, a veces sin reparar en su presencia, y ella volvía a fijar la vista en las verdes briznas.
—Abuelo, podemos irnos ya a casa. —La niña se había bajado del columpio y estaba de pie frente a él.
—Está bien.
El dulce olor de la compota de manzana los recibió en cuanto abrieron la puerta exterior de la casa. Ume asomó la cabeza desde la cocina. Se limpió las manos en el delantal y unas volutas de harina se esparcieron en el aire.
—Bienvenidos, ¿os habéis divertido en el parque?
La niña asintió y Ōsuke suspiró.
—Lávate las manos, Mē-chan. He hecho pastel de manzana para merendar.
—Vale, abuela. —Aquello sirvió para que esbozara una tímida sonrisa y se apresurara a cumplir lo que le habían dicho.
Ōsuke colocó sus zapatos y los de Mē-chan mirando hacia la puerta y siguió a Ume hasta el comedor.
—¿No se lo ha pasado bien? —preguntó Ume mientras servía el té en la mesa baja.
—No parecía querer jugar con los otros niños. Creía que ir al parque la animaría.
—Es normal que esté preocupada. Solo tiene cinco años y es la primera vez que se separa de sus padres.
—¿Sabes algo más de Hiroki?
—Le darán el alta en un par de días, se está recuperando bien.
—¿Papá va a volver pronto a casa? —La pequeña había entrado sin hacer ruido.
—Claro que sí, Mē-chan. Ahora ya está curado.
—Entonces… ¿Yo también podré volver? —Se sorbió los mocos y los miró con la pena dibujada en sus grandes ojos oscuros.
—¿Es que no estás a gusto con los abuelos? —Ume le limpió la nariz con un pañuelo de tela, le revolvió el pelo y puso un trozo de pastel delante de ella.
—Dime, Mē-chan, ¿te apetece que hagamos mañana una excursión los tres juntos? —Ōsuke seguía pensando maneras de animar y entretener a su nieta—. ¿Quieres ver el sitio donde trabaja el abuelo?
La niña asintió. Tenía las comisuras de la boca salpicadas de compota de manzana y migas de almendra, y eso hizo reír a Ōsuke. No tenían muchas oportunidades de pasar tiempo con ella, su única nieta, y en cuanto regresara a Nagano con sus padres pasarían varias semanas hasta que pudieran volver a verla. Quería hacer que guardara buenos recuerdos de su tiempo en Karuizawa.
A la mañana siguiente, viajaron en coche hacia el sur del pueblo. Cuando el calor del verano apretaba en las grandes urbes, Karuizawa se llenaba de turistas y visitantes locales. Su clima refrescante y el aire limpio de la montaña eran un bálsamo para los pulmones y las preocupaciones del día a día. Era uno de los atractivos de aquel rincón, famoso también por sus aguas termales y las estaciones de esquí.
La profesión de Ōsuke, sin embargo, tenía poco que ver con esos dos sectores. Era jardinero en el Jardín del Lago Karuizawa, un parque botánico conocido sobre todo por sus rosas inglesas. Aunque Ōsuke se ocupaba de podar los arbustos y dar forma a algunos setos y árboles, le gustaba aprender sobre las diferentes variedades de flores que se abrían en cada estación.
Al principio, la niña no parecía prestar demasiada atención a las explicaciones de su abuelo. Hasta que una flor atrajo su atención. Se soltó de la mano de sus abuelos y se acercó a una zona de tallos largos.
—Parece un poco despeinada…
—Es un clavel nadeshiko —Ōsuke se colocó en cuclillas para ponerse a la altura de la pequeña—. Es verdad que no parece tan bonita como las rosas o los cerezos, ¿verdad? Pero es muy especial, ¿sabes por qué?
La niña sacudió la cabeza.
—Por la historia que nos cuenta.
—¿Esta flor… habla?
—Todas las flores lo hacen. Si les prestas atención.
Ella acercó la oreja al clavel y cerró los ojos. Al cabo de unos segundos, los abrió y miró a su abuelo con los labios fruncidos.
—No oigo nada.
—Es que hay que escucharlas con los cinco sentidos. —Los ojos de Ōsuke se curvaron hacia arriba, siguiendo la estela de sus labios—. Verás, cuando una planta tiene sed, sus hojas se caen, como si estuvieran tristes. A algunas les salen unas manchas si les falta algún nutriente. Y cada una de ellas tiene una historia diferente, un significado. Es lo que llamamos hanakotoba, el lenguaje de las flores.
Ōsuke estiró la mano y acarició con ternura los pétalos del clavel nadeshiko. Cinco filamentos blanquecinos nacían del corazón de la flor y luego se abrían, como una falda deshilachada de tonos violáceos.
—El clavel nadeshiko significa belleza y gracia, pero también valentía. Nos recuerda que la auténtica belleza es más que lo que se ve a simple vista. Y con las personas pasa lo mismo, Mē-chan.
Ōsuke se levantó y regresó con Ume, que no se había perdido detalle de la conversación entre abuelo y nieta.
—A tu abuela le gustan mucho los claveles nadeshiko, ¿lo sabías?
—Sí, porque esta flor crece al final de la primavera, cuando sus grandes competidoras ya se han marchitado —confirmó ella—. Lo que nos recuerda que no todos los brotes se abren en la misma estación.
Mē-chan también se incorporó y unió sus pequeñas manos a las de sus abuelos mientras seguían el recorrido por el jardín.
—No sabía que las flores tuvieran signi… significados —la niña se esforzó por pronunciarlo tal cual lo había escuchado—. ¿Cómo sabes tanto, abuelo?
—Porque las flores son mis amigas. A veces me siento con ellas después de terminar una tarea y les hablo de mi día. Tú también puedes hacerlo, si quieres.
—¡Sí! Quiero saber tanto como tú.
Creo que mis lectoras beta sonreirán al llegar al final de esta historia, tras descubrir quién es Mē-chan. Los demás, tendréis que esperar un poco más para leer Proyecto Himitsu I y entenderlo.





Yo también voy a comer pastel de manzana esta tarde para celebrar mi cumpleaños.
¡Muy bonita tu historia!